BERTA

Las bocanadas de humo me inducían al más puro estado de aislamiento. Vivía en un mundo en donde por más que yo quisiera, no me permitía formar parte de él. No cesaba de luchar para encontrar mi lugar. No comprendía ¿por qué ya no formaba parte de nada?

En cuanto las mesas se infestaban de gente huía, naufragando por las calles. Ansiaba sentir la soledad y el aire fresco, andando hacia ninguna parte.

Mis pensamientos se disfrazaban de realidad. Mi trabajo no era nada del otro mundo, pero me permitía vivir independientemente, ¿qué más podía pedir?.

Odiaba fumar. Todos los inviernos no me salvaba de una buena bronquitis. Sin embargo, yo seguía haciéndolo. Así, mi cuerpo reflejaba mi alma, en una simbiosis, en una enfermedad perfecta. No sé qué era reflejo de qué pero, no importaba. Infelicidad era a enfermedad y ésta era mi forma de vida. Toda una religión.

No podía evitar sentir un profundo desarraigo en mi vida. Alimentando a diario un insoportable dolor, por la ausencia de mis sueños de infancia y adolescencia. Por entonces creía, en un acto de fe ciega, que tales tesoros, me guiarían en el camino hacia la felicidad. Sin lugar a dudas, creí poder hacer realidad todo mi paraíso onírico.

El tiempo, una de las grandes invenciones humanas, se ocupó en tatuar dolor, rabia, impotencia y, con ello, el desengaño. Me encontraba trabajando doce horas diarias, con un jefe carne de psicoanalista, fumando como un carretero y carente de autoestima. Trataba de, al menos, controlar mi vida. Francamente, yo no me sentía culpable de todo aquello, una cascada de mala suerte.

Las circunstancias me zarandeaban, se reían de mí sin vergüenza alguna. En mis sueños, sus carcajadas retumbaban. Al despertar, todavía escuchaba esas risas malignas, alimentando todo mezquino pensamiento hacia mí misma y mi vida. Cada día vivía más consciente de cuán infeliz era.

Lograr mis metas era un trabajo, tan duro y sacrificado que, al cruzar la barrera de los treinta años, desistí. Eso sí, yo amargada ¡nunca!, era mi estado natural.

El motor de mi vida: mejorar profesionalmente. De este modo, era fácil aceptar mi desengaño. Viviendo con la certeza de carencia absoluta de sentimientos y sin nada con que alimentar mi espíritu.

No era difícil mantener todos esos pensamientos oscuros en mi mente. Siempre me dejaba llevar por ese tipo de reflexiones que cuidadosamente las ordenaba, dando forma a mi propio dogma.

Con ese magnífico archivo cerebral no sería necesaria la fe, mi vida era una prueba irrefutable. La felicidad no estaba hecha para mí.

Mis conclusiones al terminar la caminata se resumían en una sola frase: culto a mi misma y a mi ego. Ya no podía continuar tratándome de esta manera y, sin dudar, añadí la frase en cuestión a mis mandamientos. Comprar ropa, peluquería, masajes, en definitiva restaurar mi cuerpo de la cabeza a los pies. Sólo tenia que solucionar el problema del dinero, no quería pensar en ello.

Miré la hora. Era tardísimo, joder el tiempo pasa volando.

Decidí regresar en taxi. Durante el trayecto sólo pensaba en el tiempo. Una rentable invención humana, el modo más denigrante de subyugarnos al control. La negación total a nuestra propia libertad, con horarios, prisas y compromisos absurdos que cumplir. Al acostarnos, cada noche nos invade una sensación de vacío, por llevar una vida que no nos corresponde a lo que en realidad somos y sentimos.

Huimos de todo ello obligándonos a lograr y a ganar. Nos consolamos en actos de demostración para que la sociedad sepa lo dignos que somos de ella y, de este modo, justificamos nuestros actos. Al final nos ahogamos en nuestra señora tristeza por no haber cambiado el rumbo de nuestra vida. Al día siguiente ante el espejo, nos damos lástima. Cada día la misma canción.

Yo me dejaba abrumar por todos aquellos pensamientos. Mi vida se había transformado en un vestido de talla 42. Cuando uno se adelgaza va a arreglárselo para que no vaya holgado, si engordas no entra. Lo primero que hace uno es mirarse en un espejo, decirse a sí mismo lo mucho que ha engordado, para luego, obsesionarse con ello, ponerse bajo una descomunal dieta y llevar ese maravilloso vestido. Después de todo, pasa de moda y va directo a la basura.

El tiempo transcurría, encontrándome a los treinta como un objeto entrado en carnes, en un mundo de talla 42, pasándose de moda. ¿Por qué iba a disimular todo aquello?. En realidad todos tenemos un vestido de talla 42 sabiéndolo justificar concienzudamente. Es un modo de aligerar la carga que eso supone.

Así pasan los años, transformándonos, sin más, en una crónica hacia la madurez y hacia la vejez. El indicador perfecto. A los 30 años eres historia, a los 60 ya eres prehistoria y para acabar, morimos formando parte de las estadísticas. ¿Dónde están los sueños?. Al poco tiempo nos desmemoriamos, dedicándoles el olvido, unas veces por completo y en otras no recordamos su esencia, su espíritu termina siendo una mera anécdota.

Al llegar a casa refunfuñaba, no podía escabullirme de la comida. Lo más fastidioso no era en sí la reunión familiar sino volver al barrio. Me ponía de muy mal humor la posibilidad de encontrarme con alguna vecina cotilla o con alguna otra hablando de los logros de sus hijos.

Contaban cuentos maravillosos. Te explicaban, con pelos y señales, los muchos sacrificios que habían realizado sus hijos para terminar sus estudios universitarios. Te describían los éxitos obtenidos a todos los niveles, gracias al sacrificio, añadiendo -después de todo, ha merecido la pena-. Entonces yo no podía evitar pensar ¡qué cinismo!. Unas vidas perfectas en todos los aspectos ¡qué engaño!. Vivían siendo testigos de la total ausencia de afecto que sus hijos les regalaban. Allá ellos con sus logros.

Solo quería tratar de centrarme y relajarme. Una buena ducha de agua fría me ayudaría. Luego bucearía en mi armario, como un experto submarinista esperando encontrar algún tesoro que ponerme, así podría disimular mi mediocridad. Al mirarme ante el espejo, mi semblante sombrío delataba que daba igual hiciera lo que hiciera, aunque la mona se vista de seda mona se queda, era tarde y no estaba dispuesta a enumerar mi larga lista de defectos.

Durante el trayecto dirección a casa de mis padres, fui tomando conciencia, me negaba a sucumbir ante las provocaciones de mi padre. Era capaz de ver la total imperfección de mis actos, cuestionando mis decisiones. No soportaba la idea de terminar herida en mi orgullo, como siempre.

Me alegré de llegar pasadas las tres del mediodía. A esas horas no había enemigos a la vista, así que al cruzar el portal esbocé una sonrisa cínica. Mi victoria del día. ¡Qué alivio! llegar sin saber de glorias filiales ni de culebrones de barrio.

Nada más aterrizar en casa de mis padres me puse manos a la obra, ayudando a mi madre en los quehaceres. Era una persona que profesaba un gran amor y preocupación por todos nosotros. Esto último no lo comprendía, su amor era todo un regalo, dar sin esperar nada a cambio, sólo por el simple hecho de dar, esto, a mí personalmente, me hería y me irritaba.

Qué ingenua, cómo se aprovechaban de ello. Trabajaba fuera de casa, en casa y sacaba tiempo suficiente para ayudar a los demás. Me ponía enferma, se lo decía cientos de veces, no debía obrar de aquella manera, eso no servía de nada, ella como siempre en sus trece y al final discusión. Tenía que pensar más en sí misma, siempre andaba agotada. Nunca comprendía mi preocupación por ella. Por este motivo nuestras conversaciones eran meras banalidades sobre si el cordero es mejor cocinarlo de esta manera o de aquella otra. Mi madre, en cuanto pudiera, me diría –Berta, tienes que cuidarte, no haces buena cara. ¿descansas bien?- y yo a callar.

Con mi padre, en cambio, el ser tan parecidos nos enfrentaba. Por esta razón discutíamos mucho, hasta el extremo de realizar verdaderos ‘tour de force’. Una vez empezada no sabíamos parar, así que sin palabras, los dos decidimos ahorrarnos discordias punzantes. Mi madre saboreaba todo aquello como una bendición.

Las comidas familiares estaban repletas de emociones contenidas. Me asfixiaba. La comunicación se traducía en una densa atmósfera, casi irritante. Dependiendo del día la densidad era tal que, parecía una bomba de relojería a punto de estallarnos en las manos. Una forma como cualquier otra de llevarlo. Me dispuse a resistir estoicamente, comiendo hasta que la falda estuvo a punto de reventar.

Al llegar a mi casa, no podía evitar sentir la soledad de mi hogar y la mía propia. Sino fuera porque ya me había acostumbrado, hubiera perdido el juicio. La soledad me estrangulaba. Percibiendo la vida como instrumento de mi transformación en desperdicio humano.

Me acomodé en el sofá, era el paraíso, de tanto acostarme ya tenía mi figura tatuada en el asiento. No sé cuántas horas pasé aburriéndome jugueteando con el mando a distancia del televisor, al final opté por acostarme.

Un estruendo atravesó mis tímpanos. Rompí el reloj. No había dormido bien y como de costumbre me acompañaba mi malhumor matutino, peor que unas cuantas resacas etílicas.

Durante el trayecto hacia el trabajo, cuarenta minutos dan para mucho, sobretodo para amargarme la existencia de buena mañana, pensaba en el sicótico de mi jefe. Debía resignarme a callar y a aguantar. Yo Berta, empleada sumisa ante un jefe rozando el cuadro psicópata. En aquella empresa donde todos íbamos a terminar siendo carne de sicoanalista, que repugnante, dan ganas de vomitar.

En los tiempos que corren y como funcionan las cosas, Freud estaría frotándose las manos y Kafka vería su metamorfosis hecha realidad, sólo teníamos que hacer de nuestros pensamientos una realidad. Yo al ser mujer y encima secretaria, sólo iba para amante o insecto.

Ya en el tramo final, trataba de tranquilizarme me decía- ánimo Berta que sólo son 12 horas de nada-. Vaya con la flexibilidad horaria, entras a tu hora y no sabes cuando vas a salir. No sabía cuándo terminaría aquel calvario, pero iba a intentarlo.

Al llegar, como siempre, me saludaron con caras largas acompañadas de un graznido, parecido a –Buenos días-. Eso me jodía, al entrar miraban el reloj pero, al salir, simplemente, no había nadie para mirarlo. Eso sí, un buen saludo, hipocresía por delante y que no falte.

A las dos y media fui a comer, estaba hasta las narices, de todo y de todos. Me olía que en la empresa se estaba cociendo algo. Últimamente las relaciones entre los socios no tenían buena salud.

Pensé, si me despiden me quedará el subsidio de paro, más los ahorrillos podría arreglármelas durante unos meses, tenía que estar tranquila, todo estaba bajo control.

En mi cabeza retumbaba una vocecilla, diciéndome, piensa mal y acertarás. Mi intención no era, ni mucho menos, tener un ataque de terror y dejar que mi mente naufragara en un océano de dudas. El futuro ya llegará.

Mis tripas gritaban y se revolvían, recordándome la comida y el punzante dolor de cabeza me recordaba lo desgraciada que era.

Me senté en el restaurante de siempre. Pedí un plato combinado hipercalórico, huevos fritos, patatas fritas, beicon y cuatro hojas de lechuga. Miré el reloj era más tarde de lo habitual, siempre solía sentarse un tipo bastante peculiar en la mesa de al lado, aquel día no estaba. Me sorprendió sentir la atmósfera de ese lugar distinta, fuera de lo normal. Viniendo de mí, esa sensación no hacía más que aumentar mi inquietud. Yo a lo mío, me decía, mi suculenta bazofia esperaba a ser devorada.

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